Club del Lenguaje no Verbal

Por cortesía de la Fundación Universitaria Behavior & Law

Categoría: Emociones (página 1 de 36)

La voz es un reflejo de nuestras emociones. Club de Lenguaje No Verbal

Amigos del Club de Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “The primacy of categories in the recognition of 12 emotions in speech prosody across two cultures” de Cowen A. S., Laukka P., Elfenbein H. A., Liu R. y Keltner D. (2019), en el cual se analiza el reconocimiento emocional a través de la voz y el significado compartido entre dos culturas.

El reconocimiento de las emociones es fundamental para las interacciones sociales. Los adultos, a través de cara y voz, muestran brevemente emociones que guían a sus descendientes a través del entorno. Estas muestras breves también son importantes para negociar del status, generar confianza o discernir entre afectos y compromisos. Podríamos enumerar decenas de funciones de las emociones. Y no hay dudas sobre la utilidad de ser capaces de reconocerlas en nosotras mismas y en otras personas.

Por tanto, la expresión y el reconocimiento emocional ocupan un lugar central en la vida social. El reconocimiento humano de las expresiones faciales y vocales emocionales se procesa en regiones específicas del cerebro. Este proceso se preserva de manera similar a lo largo de múltiples culturas. Además, tiene a su homologo evolutivo en múltiples especies de primates y otros mamíferos.

Alrededor de los dos años, una persona ya es capaz de identificar 5 emociones positivas a partir de vocalizaciones emocionales. Las personas llegan a poder expresar unas 15 emociones diferentes a través de la voz. La clave de la expresión vocal emocional parece ser la prosodia.

La prosodia es un componente de gran importancia del comportamiento no verbal. Es un patrón no léxico de melodía, ritmo y timbre que se da en el discurso. Añade a las palabras sensaciones emocionales y actitudes hacia aquello de lo que se habla. Diversos estudios han sugerido que a través de la prosodia se pueden expresar hasta 12 categorías emocionales. Además, también puede añadir al mensaje vocal características afectivas más amplias, tales como la valencia o el arousal.

Por ejemplo, cuando alguien nos saluda con un simple hola, somos capaces de detectar cierta valencia emocional (positiva vs negativa). Aun sin ver la cara del emisor, no nos suena igual un hola corto y rápido que un holaaa.

El estudio pretende responder a diferentes cuestiones en cuanto a la relación entre prosodia y reconocimiento emocional. Una es cómo las variaciones en prosodia sirven de representaciones emocionales. Otra es cuántas emociones diferentes se reconocen a través de la prosodia en la vida diaria. Asimismo, ¿reconocemos emociones discretas, continuas o categorías más amplias de afecto (p. ej. valencia o arousal).

En el estudio participan 2.435 sujetos indios y americanos. Cada uno de ellos analiza al menos 30 muestras de discurso. Para el estudio se utilizan 2.519 muestras de discurso seleccionados del corpus VENEC. Las muestras vocales fueron creadas por 100 actores de 5 culturas angloparlantes. Hay dos frases diferentes, cada una con una expresión emocional distinta: Te voy a decir una cosa y Eso es exactamente lo que pasó.

Una parte de la muestra asignó una de 30 categorías emocionales a cada audio (p. ej. desprecio, miedo o adoración). La otra parte de la muestra de participantes no asignó emociones, sino características afectivas (p. ej. dominancia, certeza, seguridad). Así, para el análisis se obtuvieron más un de un millón de evaluaciones voz-emoción.

El uso de participantes de dos culturas distintas, así como de muestras vocales creadas por actores de diferentes países angloparlantes permite analizar las representaciones emocionales a través de la prosodia a nivel inter-cultural.

Los participantes determinaron que la capacidad de detectar emociones a partir de la prosodia se extiende a 22 emociones diferentes. Cinco de ellas fueron detectadas por más de la mitad de los sujetos: diversión, ira, miedo, deseo y tristeza. Asimismo, otras cinco fueron detectadas por un tercio de los sujetos: adoración, confusión, distrés, dolor y alivio.

Dadas las diferencias culturales, sería lógico que la categorización psicológica de las emociones se construya similarmente entre culturas en base a afectos centrales. Por eso, se esperaba que el reconocimiento emocional compartido culturalmente se observe mejor en escala de afectos, tales como arousal. Por ejemplo, personas de EE. UU. y de India coincidirían más que un audio expresa alta activación y no miedo. No obstante, la detección de categorías emocionales se mostró a ser lo compartido entre culturas y no los afectos.

Así, tanto las emociones básicas (p. ej. ira o miedo), como las categorías más complejas (p. ej. amor romántico) se vieron compartidas entre culturas. Ni siquiera la valencia emocional es tan compartida por encima de las categorías emocionales. Un resultado un tanto curioso, siendo considerada la valencia cómo la base de construcción de nuestro mundo emocional.

Por tanto, parece que los afectos se construyen en base a las categorías emocionales y no al revés. Esto se confirma entre los sujetos americanos e indios también de otra manera. Se observó que el reconocimiento de emociones de la muestra india predecía qué emociones va a reconocer la muestra americana. Y no ocurrió lo mismo con predicciones emoción-afecto, ni con predicciones afecto-afecto.

Las categorías emocionales comparten aspectos semánticos entre sí. Por ejemplo, el temor y el miedo podrían ser similares y distintas a la vez. Comparten significado y, por eso, podrían incluirse (o no) en el mismo patrón de reconocimiento o dimensión emocional. Esto ocurre con todas las emociones.

Detectar 22 emociones a través de la prosodia en realidad se puede resumir en menor número de dimensiones. Dicho de otro modo, las variaciones en prosodia para expresar emociones se basan en esas dimensiones. Estas últimas son en realidad las que se comparten entre culturas. Las que marcan las diferencias culturales en el reconocimiento emocional son algo así como matices de significado.

En el estudio se ha observado un reconocimiento emocional compartido a lo largo de 12 dimensiones de la prosodia emocional. Así, el dolor comparte la misma dimensión con la tristeza. El amor romántico la comparte con el deseo. Las 12 dimensiones detectadas son: adoración, diversión, ira, admiración, confusión, distrés, miedo, desprecio, deseo, interés, tristeza y decepción.

Las categorías emocionales podrían ser discretas o continuas. Hay teorías que postulan que los límites de una emoción son claras. Al contrario de estas ideas, en el estudio se ha observado que la prosodia emocional se distribuye a lo largo de gradientes emocionales. Los limites son más bien difuminados. Por ejemplo, hay gradientes desde la tristeza al distrés o desde el interés hasta la confusión.

Este hallazgo conlleva implicaciones para el estudio de las emociones. Los correlatos fisiológicos y neurales u otros indicadores pueden indicar patrones continuos de expresión y activación y no emociones discretas. Asimismo, cuando dos personas no coinciden en el significado de la prosodia emocional, puede deberse a estos gradientes y no a la falta de un significado compartido.

Los hallazgos del estudio se integran en el concepto de espacio semántico del reconocimiento de las emociones. Este espacio semántico está cargado de significado emocional. Como se ha observado en el estudio, en la prosodia hay un espacio semántico compartido entre culturas. Por lo menos, entre las culturas americana e india.

El espacio semántico tiene tres propiedades y son las estudiadas aquí. Primero, su conceptualización, qué categorías emocionales o escalas de afecto contribuyen al reconocimiento emocional a través de la prosodia. Segundo, su dimensionalidad, cuántas emociones diferentes se detectan en la prosodia. Y, tercero, la distribución de estados, cuál es la naturaleza de los límites entre categorías emocionales.

De manera general, los hallazgos de este estudio encajan en dos interpretaciones generales posibles. Una es que somos capaces de detectar de manera innata las variedades de la prosodia emocional. Otra es que esta capacidad sea adquirida. En ambos casos hay una primacía de las categorías emocionales y sus indicadores por encima de los afectos. En cualquier caso, no podemos hablar de universalidad, dado que el estudio se centra en muestras de EE. UU. e India.

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Expresión emocional a través del movimiento corporal. Club de Lenguaje No Verbal

Amigos del Club de Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “Ambiguous bodies: the role of displayed arousal in emotion [mis]perception” de Reynolds R. M., Novotny E., Lee J., Roth D. y Bente G. (2019), en el cual se pretende ampliar el conocimiento sobre los procesos perceptivos que llevan a inferencias emocionales a partir de expresiones no verbales mediante el movimiento corporal.

Detectar las emociones de los demás es algo esencial en las interacciones sociales. Por un lado, sirven de explicación para comportamientos pasados y presentes. Por otro lado, guían nuestras expectativas en cuanto a acciones futuras. Así, inferimos emociones que otros sienten y expresan y esas inferencias (junto a otros factores) moldean nuestras respuestas sociales.

Las inferencias emocionales se basan fuertemente en las señales no verbales. El movimiento corporal expresivo (MCE) es una fuente de señales no verbales muy amplia. Por tanto, captamos señales no verbales del EMC y con ellas (además de otras) hacemos inferencias emocionales. No obstante, es difícil determinar de forma exacta qué aspectos del MCE son más cruciales en estas inferencias.

El papel del MCE en el reconocimiento de emociones está aún en debate. Una de las razones es la poca claridad sobre la relación entre la intensidad y la ambigüedad de las expresiones emocionales. Es difícil considerar que haya expresiones emocionales corporales muy específicas para cada emoción. Si fuera el caso, la inferencia sería más fácil. Pero sí hay indicadores emocionales del MCE, aunque la intensidad y la ambigüedad impactan en la detección de estas.

Similarmente, las expresiones faciales emocionales se consideran por algunos autores como universales. En cambio, cuando se evalúa la capacidad de las personas en detectarlas, esa universalidad puede ponerse en duda hasta cierto punto. A mayor intensidad de las expresiones emocionales, más acierto en la detección y menos ambigüedad. No obstante, las señales no verbales no siempre vienen acompañadas de alta intensidad.

Un aspecto que indica la intensidad emocional es el nivel de activación (arousal) mostrado (o expresado). Por ejemplo, alguien puede detectar que hablamos rápido, nuestra respiración acelerada o movimientos gestuales rápidos. Junto a señales contextuales, como que hemos ganado a la lotería, se puede inferir que estamos felices.

Para entender la función del MCE, es de interés averiguar qué aspectos de este informan sobre el nivel de activación. Y de haber indicadores de movimiento que informar sobre el arousal, ¿qué papel juega la ambigüedad?

Lo que siempre interesa es que los juicios, inferencias y conclusiones que extraemos del comportamiento de los demás sean ciertas. En estos procesos participan sesgos, esquemas perceptivos, habilidades y otros aspectos que difieren entre individuos.

Estas diferencias dan lugar a percepciones diferentes de lo que nos rodea. La ambigüedad también puede deberse a estas diferencias internas entre individuos. Por tanto, si muchas personas no interpretan igual una señal no verbal, puede que esta sea ambigua y no específica, puede ser por diferencias interindividuales o por ambas cosas.

Para capturar señales no verbales integrada en el MCE, los autores del estudio utilizan tecnología de detección de movimientos. Con esta generan animaciones que replican el movimiento humano. Así, 363 sujetos observan videos animados de movimientos corporales de ira o alegría. La observación de animaciones permite eliminar estímulos contextuales, indicadores de personalidad o expresiones faciales que impacten en las inferencias.

Los sujetos son asignados a una de cuatro condiciones. Deben evaluar el nivel de activación que captan de los movimientos corporales (1ª), la valencia emocional (positiva o negativa; 2ª), la emoción específica (enfado o alegría, 3ª) y una combinación de calificaciones simultaneas (4ª).

 Hay varios resultados destacables. Los sujetos mostraron una mejor detección de las expresiones de enfado. Incluso se ha inferido incorrectamente el enfado a partir de simulaciones de MCE de alegría de manera significativa.

A primera vista, los sujetos tienen alta sensibilidad para detectar señales de enfado. No obstante, presentan un sesgo hacia emociones negativas, confundiendo movimientos asociados a la alegría con expresiones de enfado. Por tanto, la habilidad de diferenciar entre alegría y enfado a partir de MCE es muy baja. Lo que predominan son las inferencias sesgadas.

Los sujetos determinaron el arousal principalmente a partir del grado de movimiento mostrado por las animaciones. Es decir, a mayor movimiento, infieren mayor activación. No obstante, percibieron mayor activación en las expresiones de alegría que en las expresiones de enfado.

De manera algo opuesta, la ambigüedad se encontró directamente asociada al nivel de activación. Cuanta más activación se infiere del MCE, mayor dificultad para detectar la emoción expresada o su valencia. Este resultado se observó de manera más pronunciada en el caso de la alegría.

Para entenderlo, podemos pensar en las veces que lloramos de alegría. Hay tanta activación que para descargarla mostramos comportamientos comúnmente asociados a emociones negativas. Aunque en este caso no sea exactamente lo mismo, es entendible que, a mayor activación emocional en el comportamiento, sea más difícil decidir que emoción es la que alguien expresa o cuál es su valencia.

Por tanto, observar mayor arousal expresado a través del MCE lleva a inferencias emocionales generalmente incorrectas. Asimismo, genera más ambigüedad para este proceso de detección emocional. Las expresiones emocionales muy intensas son caóticas y divergentes de los indicadores emociónales comúnmente reconocidos.

Cuando estamos muy activados es posible que la coordinación entre actividad neural y motora falle. Por eso, es probable que las expresiones emocionales se vuelvan y se perciban cómo caóticas y ambiguas. No obstante, aspectos del proceso perceptivo también encajan como explicación.

Por cuestiones de evolución, las personas han desarrollado recursos perceptivos para detectar y responder a amenazas y oportunidades. Una información muy saliente es un alto nivel de movimiento. Y cómo decíamos, mucho movimiento corporal se interpreta como alta activación.

Por tanto, cuando hay mucho movimiento, la atención puede enfocarse predominantemente en el arousal del otro. La finalidad es interpretarlo y detectar las amenazas y oportunidades. Asimismo, se pierden recursos perceptivos que puedan dedicarse a la interpretación de la valencia emocional. Y, por eso, fallamos en la detección.

¿Conclusiones? Simplificando mucho, hay que cuidar cuánto es de pronunciado nuestro movimiento corporal. Y, más allá de eso, regular nuestro nivel de activación. Si estamos muy activados y gesticulamos exageradamente, los demás pueden tener dificultades para captar qué es lo que sentimos.

Asimismo, cuidar nuestras inferencias. Mayor conocimiento ayuda a ello y puede ser crucial en profesiones basadas en atención directa a las personas. En cualquier caso, tenemos la gran suerte de estar rodeados de múltiples factores, como los contextuales, que pueden facilitar inferencias acertadas.

Sería muy interesante que se analice cuáles son los movimientos específicos que indican emoción, valencia o arousal. No obstante, empezar por intentar entender procesos subyacentes permite una mejor selección y manipulación de variables en futuras investigaciones.

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Comportamiento no verbal en la comunicación virtual. Club de Lenguaje No Verbal

 Amigos del Club de Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “TTYL:-)… Nonverbal cues and perception personality and homophily in synchronous mediated communication” de Krishnan A. y Hunt D. S. (2019), en el cual se analizan posibles señales no verbales en la comunicación mediada por tecnología y si estas influyen en la percepción sobre la personalidad del otro y sobre la similitud con el otro.

La percepción humana es un aspecto integral de la comunicación humana. Por eso, también tiene alta relevancia en la comunicación mediada por tecnología (CMT). La facilidad que ofrece la interacción con otros a través de dispositivos móviles y la proliferación de las redes sociales han hecho que la CMT sea la norma.

La comunicación en el contexto de la CMT suele darse en ausencia de señales no verbales regulares. Estas son características de la comunicación cara a cara (CCC), como el tono de voz, el lenguaje corporal o la apariencia física. Las señales no verbales se usan para generar atribuciones sobre el otro. También regulan de manera importante la interaccionan social.

Cuando utilizamos mensajería instantánea (MI) ¿captamos algo que cumpla el mismo papel que las señales no verbales? Si la primera conversación con un desconocido ocurre a través de Whatsapp, ¿de dónde sacamos conclusiones sobre esa persona? ¿De lo que escribe, de su foto de perfil o de algo más que eso?

Algunos investigadores implicados en esta temática defienden que sí hay señales no verbales en la CMT. No son iguales que las de la CCC, pero cumplen la misma función. Algunos sustitutos no verbales en la CMT podrían ser la velocidad de respuesta, emoticonos, acrónimos o la alteración de estructura de las frases.

Las inferencias sobre personalidad y otras características son importantes porque las personas quieren reducir la incertidumbre sobre los otros con los que interaccionan. Las señales no verbales son especialmente útiles para la formación de impresiones porque se consideran menos controlables que el lenguaje verbal. No es que seamos desconfiados de lo que otros nos dicen, pero lo verbal siempre está regulado por ciertas normas sociales.

La formación de impresiones sobre los otros es un proceso interpersonal en el cual las personas emplean información disponible para hacer juicios generales sobre la personalidad de los demás. Inferimos rasgos u otras características y es muy importante en la interacción con desconocidos. Ya desde la primera interacción con alguien, creamos una impresión sobre el otro que persiste bastante tiempo y tarda unas cuantas interacciones en renovarse.

En la CMT, las cosas cambian. Las señales no verbales son distintas, pero es impresionante la cantidad de información sobre el otro que extraemos de cualquier elemento. Como decíamos, pueden ser los emoticonos que utilizan, la forma de escribir, etc., pero incluso los seudónimos pueden influir en nuestra percepción.

La similitud con otros también es clave en las interacciones sociales. Las relaciones y la comunicación entre personas dependen mayoritariamente del grado de similitud entre emisor y receptor. Pueden ser similitudes en cuanto a variables demográficas o personales, como creencias o actitudes. El principio de la similitud dicta que la formación de amistad y contacto regular es mayor entre personas similares que no similares.

Por tanto, de un grupo de personas elegiremos interaccionar más con aquellas que percibamos como más similares a nosotros. Esta percepción de similitud está determinada por nuestras observaciones de lo que los otros dicen, pero más aún de cómo lo dicen.

En base a todas estas ideas y preguntas a resolver, los autores llevan a cabo un estudio con 505 participantes. Estos leen transcripciones de una de tres posibles conversaciones entre compañeros de clase que conversan sobre un proyecto. Las conversaciones pueden ser solo texto (grupo control), positivas o negativas.

En la condición positiva se utilizan 10 emoticonos que denotan emociones positivas y ortografía de exageración (p. ej. wooooow!!). En la condición negativa se utilizan 10 emoticonos que denotan emociones negativas, tales como enfado o tristeza y acrónimos que detonan molestia o aburrimiento (p. ej. grrrrr!). Los emoticonos siempre se sitúan al final del texto, dado que es lo más común.

Después de la lectura de la trascripción que toca a cada uno, los participantes evalúan los rasgos de personalidad de los implicados en la conversación. Los rasgos evaluados son los conocidos Big Five: extraversión, neuroticismo, amabilidad, responsabilidad y apertura a la experiencia (y hacia otros). Los sujetos también evalúan la similitud que perciben entre ellos mismos y los sujetos de la conversación. Por último, se pregunta a los sujetos si tienen deseo de interaccionar con esas personas.

Los sujetos de la conversación positiva fueron percibidos como extrovertidos y más amables, en comparación a las demás condiciones. Aquellos más expresivos y más positivos se perciben igual también en una interacción cara a cara. Además, en otras investigaciones se ha observado que los extrovertidos suben más fotos a las redes y perteneces a más grupos de Facebook. El mayor uso de emoticonos positivos en chats de trabajo también provoca una percepción positiva sobre el emisor del mensaje.

Los sujetos de la conversación negativa fueron asociados más al rasgo de neuroticismo, que denota un estado de ánimo más tristón o mayor estrés. En las investigaciones previas el neuroticismo se encontró asociado a un incremento en el uso de la MI y de los emoticonos negativos.

El rasgo de responsabilidad también se ha percibido de forma diferente a lo largo de las condiciones. Los que más responsabilidad aparentaron fueron los sujetos de la condición control. Aunque este rasgo trate de la autodisciplina, organización o atención al detalle, también puede asociarse a una falta de emociones. Probablemente por eso los sujetos de la condición solo texto fueron vistos como más responsables. Además, parece que los sujetos más positivos son percibidos como los menos responsables.

Curiosamente, los sujetos que leyeron transcripciones solo con texto se percibieron más similares a los actores de la conversación que en las demás condiciones. Es probable que los sujetos no se identificaran con ser más positivo o negativo debido a una expresión emocional extrema en los textos de este estudio. Es decir, solo negativa o solo positiva a lo largo de toda la conversación.

La similitud con otros parece mediar solo entre el rasgo de apertura y el deseo de interacciones futuras. Por un lado, si otros nos perciben como abiertos es probable que quieran volver a interaccionar con nosotros. Por otro lado, si las personas que nos perciben como abiertas también se consideran así, más aún desearán volver a interaccionar con nosotros.

Asimismo, de las tres condiciones, los sujetos del grupo control provocaron más deseo de una interacción futura. En cambio, no se observaron diferencias entre sujetos positivos o negativos. Por lo tanto, la similitud que percibimos entre nosotros y otros es importante a la hora de decidir si queremos volver a hablar con ellos o conocerlos en persona.

Parece que en las señales no verbales que pueden emitirse a través de la CMT permiten inferir rasgos de personalidad de aquellos con los que interaccionamos. Además, la formación de impresiones sobre otros también ocurre en este tipo de interacciones. Así que, si la primera vez que interaccionamos con alguien ocurre en un contexto de CMT, recordemos que aquí también importa la primera impresión.

La similitud percibida entre nosotros y los otros es clave para construir relaciones, tanto en la CMT como en la CCC. Puede que algunos de nosotros pensemos que nos gusta interaccionar con gente diversa y diferente de nosotros. ¿Será así o encontramos similitudes con ellos también? Si nos categorizamos como diferentes (entiéndase como atributo), ya tendríamos algo similar.

 

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Cuando la izquierda es “derecha”: lateralidad y conceptos abstractos. Club de Lenguaje No Verbal

Amigos del Club de Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “When left is ‘right’: motor fluency shapes abstract concepts” de Casasanto D. y Chrysikou G. E. (2011), en el cual se analiza el papel de la fluidez motora en la lateralidad y su impacto en la percepción de conceptos abstractos, como “bueno” y “malo”.

A lo largo de muchas culturas, el lado derecho se ha asociado con cosas buenas y justas. En cambio, el lado izquierdo se ha asociado con cosas malas o prohibidas. Se han hecho tales asociaciones en la Biblia y en las leyes islámicas. También en el lenguaje se muestran asociaciones similares. Por ejemplo, en español se considera tener dos pies izquierdos cuando no se sabe bailar muy bien. Ser la mano derecha de alguien denota que una persona es muy útil y/o de confianza. Podríamos dar ejemplos de múltiples culturas e idiomas en la misma línea.

Las personas también asocian ideas positivas y negativas de manera implícita a la derecha e izquierda, respectivamente, pero no siempre en la misma dirección de las convenciones culturales. Por ejemplo, cuando se pide elegir un producto de dos posibles, los sujetos diestros prefieren los productos situados a la derecha y los zurdos los situados en la izquierda. Este patrón también persiste en elecciones verbales y sin el uso de las manos para elegir.

Los menores de 5 años ya evalúan las cosas del entorno en función de su lateralidad. Por ejemplo, un niño diestro considera que un animal situado a su derecha es más listo y simpático que uno situado a su izquierda.

Fuera del laboratorio, encontramos interesantes ejemplos y uno de ellos en política. En las elecciones de EE. UU. de 2004, ambos candidatos eran diestros. Sus discursos fueron considerados como positivos cuando utilizaron gestos con la mano derecha y negativos cuando hubo gestos con la mano izquierda. En las elecciones de 2008, ambos candidatos eran zurdos. En este caso, se ha observado el patrón de asociación inverso entre valencia del discurso y la lateralidad de los gestos.

Estos ejemplos muestran que la asociación entre derecha, izquierda y valencias (positiva vs negativa) no siempre es algo cultural. Se puede hablar de una hipótesis de especificidad corporal. Esta definiría que diferentes cuerpos reaccionan y piensan de forma diferente, pero predecible en función de la lateralidad, incluso para las ideas altamente abstractas.

Una pregunta importante es por qué los diestros y los zurdos asocian valencia positiva a las cosas situadas en su lado dominante (y negativa a las situadas en el lado opuesto). Hay varias posibilidades. Una es que las personas interaccionan de manera más fluida con las cosas que se sitúan en su lado dominante.

Una interacción fluida supone que, por ejemplo, un diestro escribe mejor con la derecha o corta mejor con una tijera que un zurdo. Se habla de una fluidez perceptiva-motriz que influye en las percepciones del entorno y en las evaluaciones que se hace de sus elementos. Por lo tanto, el lado dominante de una persona puede asociarse en su memoria como algo positivo, debido a que la interacción con el mundo a través de esa parte del cuerpo es fluida, sin dificultades.

Otra opción podría ser que haya diferencias neurológicas determinadas genéticamente entre zurdos y diestros. Las diferencias relevantes en este caso serian en cuanto a un mapeo espacial diferente de lo bueno y de lo malo. Los marcadores neurológicos que provocarían ser diestro o zurdo también podrían crear diferencias en el juicio y evaluación del entorno.

En el estudio se investiga si es la experiencia motora (fluidez) la que genera asociaciones entre espacio y valencia emocional de manera independiente a la lateralidad genética. Por lo tanto, se observa si la lateralidad inducida, debido a cambios a corto y largo plazo en la fluidez motora, puede influir en los juicios de valor sobre el espacio.

En un primer experimento, participan 13 sujetos diestros con hemiparesia derecha (5) e izquierda (8), adquirida tras un accidente cerebrovascular unilateral. Si una hemiparesia afecta a la parte dominante del cuerpo, el sujeto podría seguir valorando como bueno a ese lado del espacio, a pesar de perder movilidad en su lado dominante. En este caso, no sería la fluidez motora la que genera asociaciones, sino la lateralidad adquirida por genética.

En cambio, si la hemiparesia afecta a la parte dominante del cuerpo, el sujeto debe aprender a utilizar la otra parte del cuerpo. Con tiempo y práctica, se consigue fluidez motora en ese lado. Si el sujeto cambia sus evaluaciones del espacio acorde con su nuevo lado dominante (lateralidad inducida) entonces sí sería la fluidez motora la que da lugar a asociaciones entre valencia y espacio.

Los sujetos participan en una tarea a la que tienen que responder verbalmente. En el centro de una pantalla observan la cabeza de dibujo animado. A ambos lados de este se encuentran dos cajas. A los sujetos se les cuenta que el dibujo animado adora las cebras y piensa que son buenas. Asimismo, odia a los pandas y piensan que son malos. La pregunta es ¿en qué caja metería el dibujo animado a cada uno de los dos animales?

Doce de los trece participantes respondieron acorde a su fluidez motora posterior a la hemiparesia. Es decir, contestaron acorde a una lateralidad inducida. Los sujetos con hemiparesia derecha consideraron que el animal bueno debe ir en la caja izquierda y el malo en la derecha. Por lo tanto, a pesar de ser genéticamente diestros, la fluidez adquirida con la izquierda generó una percepción positiva del lado izquierdo del espacio.

Asimismo, los sujetos con hemiparesia izquierda consideraron que la cebra debe ir en la caja derecha y el panda en la izquierda. Estos sujetos, siguieron siendo diestros después del accidente cerebrovascular y siguieron con la misma fluidez motora lateral al adquirir la hemiparesia. Por ello, la valencia positiva se asocia al lado derecho del espacio. Solo un sujeto ha mostrado respuestas opuestas a las esperada según la hipótesis de fluidez motora.

En la muestra utilizada hay mucha variabilidad en cuanto a la localización de las lesiones cerebrales. Por ello, no se puede descartar que sean estos cambios los que explican los resultados, más que una fluidez motora independiente de modificaciones neurológicas.

Para verificar estas ideas se lleva a cabo un segundo experimento. Participan 53 sujetos diestros y sanos. Primero, estos llevan a cabo una tarea de fluidez motora, como fase de entrenamiento. En esta, los sujetos deben poner 84 fichas de dominó encima de una mesa, en localizaciones marcadas.

La tarea se debe hacer con ambas manos a la vez y en un tiempo máximo de 12 minutos. Con cada mano solo se pueden poner las fichas en el lado que se corresponde a la mano; derecha-derecha, izquierda-izquierda. Los sujetos deben llevar a cabo la tarea con un guante de esquí puesto en una de las manos y con el otro atada a la muñeca opuesta. La mitad de los sujetos llevan el guante puesto en la derecha y la mitad en la izquierda.

Después de la fase de entrenamiento, se pide cubrir tres cuestionarios cortos para evitar la asociación entre la primera fase y segunda fase del experimento. En la segunda fase, se lleva a cabo la misma tarea que en el primer experimento.

Recordemos que todos los sujetos eran diestros. De los sujetos que tuvieron el guante puesto en la mano izquierda durante el entrenamiento, un 77% optó por meter el animal bueno en la caja derecha. De los sujetos que tuvieron el guante puesto en la mano derecha en la fase inicial, un 63% optó por meter el animal bueno en la caja izquierda.

Generalmente, se puede decir que la tendencia a asignar el animal bueno a la caja situada en el mismo lado que la mano sin guante fue 5 veces mayor que la tendencia a asignarlo a la caja situada en el mismo lado que la mano con guante. Congruente con los resultados del primer experimento, la fluidez motora reforzada o adquirida en la fase de entrenamiento llevó a una evaluación positiva del hemiespacio correspondiente.

Como conclusión, parece que cambiar la forma en la cual las personas utilizan sus manos puede cambiar sus juicios sobre las ideas abstractas de bueno y malo. Los cambios a largo plazo en la fluidez motora pueden invertir las asociaciones implícitas entre valencia emocional y localización en el espacio. No obstante, con estos hallazgos no se descarta el impacto de posibles factores neurobiológicos innatos que contribuyan al mapeo del espacio según lateralidad.

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Efectos de la duración de las expresiones faciales en la detección de las microexpresiones. Club de Lenguaje No Verbal

Amigos del Club del Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “Effects of the duration of expressions on the recognition of microexpressions” de Shen X., Wu Q. y Fu X. (2012), en el cual se investigan los efectos de la duración de las expresiones faciales en el reconocimiento de microexpresiones.

Durante la comunicación interpersonal es importante detectar las emociones de los interlocutores. Algunos individuos pueden suprimir la expresión emocional real y mostrar expresiones faciales engañosas. Hay situaciones en las que el individuo lo hace a propósito, pero también hay situaciones sociales que se rigen por normas que requieren enmascarar o inhibir lo que realmente se siente.

Afortunadamente, por más que se intente fingir, hay expresiones faciales que aparecen cuando se intenta encubrir las emociones reales: las microexpresiones faciales. Estas son movimientos faciales sutiles, involuntarios, inconscientes y de muy corta duración. Son indicadores de las seis emociones básicas: alegría, tristeza, ira, sorpresa, asco y miedo. No son fácil de detectar sin entrenamiento y tanto las habilidades como las herramientas para hacerlo son temas de investigación recurrente.

Aparecen especialmente en situaciones de alto riesgo o alta tensión, en las cuales las personas tienen algo que perder o ganar. Según Ekman, una microexpresión es un reflejo de las intenciones reales de los individuos, especialmente de aquellas hostiles. Por eso, son esenciales en la detección del engaño y de personas potencialmente peligrosas (p. ej. terroristas). En cambio, las macroexpresiones faciales son aquellas que aparecen como expresión de una emoción sin que se intente encubrir o fingir nada.

Sobre la duración de las microexpresiones faciales no hay un consenso, pero sí parece que todas las variaciones encontradas en la investigación duran menos de medio segundo. Las micro y macroexpresiones solo difieren en duración. Como ya hemos mencionado, la razón de su aparición también es distinta, pero si no sabemos de antemano que alguien finge o esconde algo, no se pueden diferenciar más que por su duración.

Por lo tanto, se supone que un sujeto que es capaz de identificar una microexpresión, también será capaz de identificar la macroexpresión pertinente, ya que esta es diferente solo en longitud. En cualquier caso, la detección precisa no implica que los sujetos sean capaces de diferenciar si una expresión facial es micro o macro. Es posible que para las personas 1 segundo de alegría sea lo mismo que 3. Cuando se pueden medir, como en este estudio, las microexpresiones tienen una duración tan corta que la duración que marca la diferencia entre sujetos capaces y no capaces de detectarlas supondría el punto de corte que separa las micro de las macroexpresiones faciales.

Además de evaluar los efectos de la duración de las microexpresiones, los autores también comparan dos paradigmas de detección. Una es BART de Ekman y Friesen (1974), en la cual la expresión de cada emoción de las seis básicas se presenta durante tiempos expresados en milisegundos (procesamiento subconsciente). Autores que han analizado BART constatan que es una herramienta fiable y válida, excepto por la validez ecológica: porque provoca post-imágenes, algo que no ocurre en la vida real. Otro paradigma es METT de Ekman (2003), que corrige esos fallos y que se ha desarrollado como herramienta de entrenamiento.

Se llevan a cabo dos experimentos. En el primero, se exponen a 11 sujetos a imágenes de 40, 120, 200 y 300 milisegundos y se utilizan ambos paradigmas. Antes de las pruebas experimentales, se entrena a los sujetos con imágenes de las 6 emociones básicas de 2 segundos de duración. No se procede con el experimento hasta que no se acierta al 100% en la detección de las expresiones faciales.

Los resultados mostraron un aumento en la precisión de detección de las microexpresiones a la par con el aumento de la duración de las imágenes. Este aumento solo se observó hasta 200 ms. Por lo tanto, se establece que 200 ms es un punto crítico para la detección y definición de las microexpresiones.

Ente paradigmas, solo se han observado diferencias significativas en el acierto cuando las imágenes se presentaron durante 40 ms. Las microexpresiones faciales mejor detectadas fueron las de alegría (86,8%). Los sujetos mostraron confusión entre las microexpresiones de ira y asco, miedo y sorpresa, tristeza y asco.

En el segundo experimento, los sujetos practican la detección de microexpresiones de 40 ms de duración. Uno de los objetivos es comprobar las ideas de Ekman, que informó que el entrenamiento con METT mejora la detección en un 10%. Se verifica una vez más el efecto de la duración de las microexpresiones, utilizándose en este caso 8 niveles de duración (20, 40, 80, 120, 160, 200 y 240).

Primero, doce participantes practican el reconocimiento de microexpresiones faciales. En las imágenes se diferencian claramente dos modelos: hombre y mujer. Segundo, se procede con la fase experimental de reconocimiento de microexpresiones, igual que la del experimento 1, excepto por la mayor diversidad de duraciones.

Se observan diferencias en la detección según la duración y el paradigma utilizado hasta 160 ms (excluido este valor). A partir de 200 ms se observa que las medias de acierto en la detección según paradigmas casi se superponen. En este segundo experimento, la emoción mejor detectada es la sorpresa, seguida de la alegría. En cambio, la expresión del miedo se presenta como la más difícil de detectar.

Los efectos de la práctica se analizan en ambos experimentos. Se observa que los sujetos sí mejoran en la detección de microexpresiones con la práctica. Asimismo, no se observan diferencias entre paradigmas en la tendencia de aumento de la precisión por la práctica. Lo más destacable es que se observa que con una cantidad considerable de práctica, los sujetos son capaces de mejorar la detección incluso de microexpresiones con duraciones menores de 40 ms.

Este valor es un límite definido por Ekman. No obstante, en este experimento se observa que la práctica puede beneficiar mucho más de lo que se creía. El efecto de la práctica implica que la percepción de las expresiones faciales humanas es muy rápida y puede ser moldeada por la experiencia.

En términos generales, los paradigmas utilizados muestran resultados diferenciales en la detección en microexpresiones de duraciones muy cortas. Sin práctica, las diferencias entre sujetos se observan en la detección de microexpresiones de menos de 40 ms. En cambio, con práctica, las diferencias se observan en microexpresiones de hasta 160 ms. Aunque las medias de acierto sean mayores en el paradigma BART, varían menos con la duración. En cambio, las medias de acierto de METT presentan más variabilidad. Por ello, los autores consideran que METT es más fiable debido a que muestra más sensibilidad a los cambios en duración.

Como bien sabemos, las microexpresiones se usan en la detección del engaño. No obstante, son objeto de debate y amplias críticas en cuanto a su aplicación real. En cualquier caso, ninguna herramienta, por más útil que parezca, no debe ser utilizada como única vía para detectar el engaño.

Si un sujeto intenta encubrir una emoción, sin una medición de la duración de sus expresiones faciales puede ser imposible detectar si aquello que expresa es una micro o macroexpresión. Aunque la práctica sí mejore la detección de microexpresiones, ¿cómo podría saber un observador que aquello que observa dura menos de 200 ms? Las herramientas diseñadas para ello, cada vez más avanzadas, pueden ser la respuesta.

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