Club del Lenguaje no Verbal

Por cortesía de la Fundación Universitaria Behavior & Law

Categoría: Educación (página 1 de 3)

Cuando la izquierda es “derecha”: lateralidad y conceptos abstractos. Club de Lenguaje No Verbal

Amigos del Club de Lenguaje No Verbal, esta semana presentamos el artículo “When left is ‘right’: motor fluency shapes abstract concepts” de Casasanto D. y Chrysikou G. E. (2011), en el cual se analiza el papel de la fluidez motora en la lateralidad y su impacto en la percepción de conceptos abstractos, como “bueno” y “malo”.

A lo largo de muchas culturas, el lado derecho se ha asociado con cosas buenas y justas. En cambio, el lado izquierdo se ha asociado con cosas malas o prohibidas. Se han hecho tales asociaciones en la Biblia y en las leyes islámicas. También en el lenguaje se muestran asociaciones similares. Por ejemplo, en español se considera tener dos pies izquierdos cuando no se sabe bailar muy bien. Ser la mano derecha de alguien denota que una persona es muy útil y/o de confianza. Podríamos dar ejemplos de múltiples culturas e idiomas en la misma línea.

Las personas también asocian ideas positivas y negativas de manera implícita a la derecha e izquierda, respectivamente, pero no siempre en la misma dirección de las convenciones culturales. Por ejemplo, cuando se pide elegir un producto de dos posibles, los sujetos diestros prefieren los productos situados a la derecha y los zurdos los situados en la izquierda. Este patrón también persiste en elecciones verbales y sin el uso de las manos para elegir.

Los menores de 5 años ya evalúan las cosas del entorno en función de su lateralidad. Por ejemplo, un niño diestro considera que un animal situado a su derecha es más listo y simpático que uno situado a su izquierda.

Fuera del laboratorio, encontramos interesantes ejemplos y uno de ellos en política. En las elecciones de EE. UU. de 2004, ambos candidatos eran diestros. Sus discursos fueron considerados como positivos cuando utilizaron gestos con la mano derecha y negativos cuando hubo gestos con la mano izquierda. En las elecciones de 2008, ambos candidatos eran zurdos. En este caso, se ha observado el patrón de asociación inverso entre valencia del discurso y la lateralidad de los gestos.

Estos ejemplos muestran que la asociación entre derecha, izquierda y valencias (positiva vs negativa) no siempre es algo cultural. Se puede hablar de una hipótesis de especificidad corporal. Esta definiría que diferentes cuerpos reaccionan y piensan de forma diferente, pero predecible en función de la lateralidad, incluso para las ideas altamente abstractas.

Una pregunta importante es por qué los diestros y los zurdos asocian valencia positiva a las cosas situadas en su lado dominante (y negativa a las situadas en el lado opuesto). Hay varias posibilidades. Una es que las personas interaccionan de manera más fluida con las cosas que se sitúan en su lado dominante.

Una interacción fluida supone que, por ejemplo, un diestro escribe mejor con la derecha o corta mejor con una tijera que un zurdo. Se habla de una fluidez perceptiva-motriz que influye en las percepciones del entorno y en las evaluaciones que se hace de sus elementos. Por lo tanto, el lado dominante de una persona puede asociarse en su memoria como algo positivo, debido a que la interacción con el mundo a través de esa parte del cuerpo es fluida, sin dificultades.

Otra opción podría ser que haya diferencias neurológicas determinadas genéticamente entre zurdos y diestros. Las diferencias relevantes en este caso serian en cuanto a un mapeo espacial diferente de lo bueno y de lo malo. Los marcadores neurológicos que provocarían ser diestro o zurdo también podrían crear diferencias en el juicio y evaluación del entorno.

En el estudio se investiga si es la experiencia motora (fluidez) la que genera asociaciones entre espacio y valencia emocional de manera independiente a la lateralidad genética. Por lo tanto, se observa si la lateralidad inducida, debido a cambios a corto y largo plazo en la fluidez motora, puede influir en los juicios de valor sobre el espacio.

En un primer experimento, participan 13 sujetos diestros con hemiparesia derecha (5) e izquierda (8), adquirida tras un accidente cerebrovascular unilateral. Si una hemiparesia afecta a la parte dominante del cuerpo, el sujeto podría seguir valorando como bueno a ese lado del espacio, a pesar de perder movilidad en su lado dominante. En este caso, no sería la fluidez motora la que genera asociaciones, sino la lateralidad adquirida por genética.

En cambio, si la hemiparesia afecta a la parte dominante del cuerpo, el sujeto debe aprender a utilizar la otra parte del cuerpo. Con tiempo y práctica, se consigue fluidez motora en ese lado. Si el sujeto cambia sus evaluaciones del espacio acorde con su nuevo lado dominante (lateralidad inducida) entonces sí sería la fluidez motora la que da lugar a asociaciones entre valencia y espacio.

Los sujetos participan en una tarea a la que tienen que responder verbalmente. En el centro de una pantalla observan la cabeza de dibujo animado. A ambos lados de este se encuentran dos cajas. A los sujetos se les cuenta que el dibujo animado adora las cebras y piensa que son buenas. Asimismo, odia a los pandas y piensan que son malos. La pregunta es ¿en qué caja metería el dibujo animado a cada uno de los dos animales?

Doce de los trece participantes respondieron acorde a su fluidez motora posterior a la hemiparesia. Es decir, contestaron acorde a una lateralidad inducida. Los sujetos con hemiparesia derecha consideraron que el animal bueno debe ir en la caja izquierda y el malo en la derecha. Por lo tanto, a pesar de ser genéticamente diestros, la fluidez adquirida con la izquierda generó una percepción positiva del lado izquierdo del espacio.

Asimismo, los sujetos con hemiparesia izquierda consideraron que la cebra debe ir en la caja derecha y el panda en la izquierda. Estos sujetos, siguieron siendo diestros después del accidente cerebrovascular y siguieron con la misma fluidez motora lateral al adquirir la hemiparesia. Por ello, la valencia positiva se asocia al lado derecho del espacio. Solo un sujeto ha mostrado respuestas opuestas a las esperada según la hipótesis de fluidez motora.

En la muestra utilizada hay mucha variabilidad en cuanto a la localización de las lesiones cerebrales. Por ello, no se puede descartar que sean estos cambios los que explican los resultados, más que una fluidez motora independiente de modificaciones neurológicas.

Para verificar estas ideas se lleva a cabo un segundo experimento. Participan 53 sujetos diestros y sanos. Primero, estos llevan a cabo una tarea de fluidez motora, como fase de entrenamiento. En esta, los sujetos deben poner 84 fichas de dominó encima de una mesa, en localizaciones marcadas.

La tarea se debe hacer con ambas manos a la vez y en un tiempo máximo de 12 minutos. Con cada mano solo se pueden poner las fichas en el lado que se corresponde a la mano; derecha-derecha, izquierda-izquierda. Los sujetos deben llevar a cabo la tarea con un guante de esquí puesto en una de las manos y con el otro atada a la muñeca opuesta. La mitad de los sujetos llevan el guante puesto en la derecha y la mitad en la izquierda.

Después de la fase de entrenamiento, se pide cubrir tres cuestionarios cortos para evitar la asociación entre la primera fase y segunda fase del experimento. En la segunda fase, se lleva a cabo la misma tarea que en el primer experimento.

Recordemos que todos los sujetos eran diestros. De los sujetos que tuvieron el guante puesto en la mano izquierda durante el entrenamiento, un 77% optó por meter el animal bueno en la caja derecha. De los sujetos que tuvieron el guante puesto en la mano derecha en la fase inicial, un 63% optó por meter el animal bueno en la caja izquierda.

Generalmente, se puede decir que la tendencia a asignar el animal bueno a la caja situada en el mismo lado que la mano sin guante fue 5 veces mayor que la tendencia a asignarlo a la caja situada en el mismo lado que la mano con guante. Congruente con los resultados del primer experimento, la fluidez motora reforzada o adquirida en la fase de entrenamiento llevó a una evaluación positiva del hemiespacio correspondiente.

Como conclusión, parece que cambiar la forma en la cual las personas utilizan sus manos puede cambiar sus juicios sobre las ideas abstractas de bueno y malo. Los cambios a largo plazo en la fluidez motora pueden invertir las asociaciones implícitas entre valencia emocional y localización en el espacio. No obstante, con estos hallazgos no se descarta el impacto de posibles factores neurobiológicos innatos que contribuyan al mapeo del espacio según lateralidad.

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Factores que afectan a la interpretación del comportamiento no verbal en las clases a los alumnos de EFL. Club de Lenguaje No Verbal.

Amigos del Club de Lenguaje No Verbal esta semana presentamos el artículo “What factor affect learner’s ability to interpret Nonverbal behaviors in EFL classrooms?” de Kamiya. En este artículo se habla sobre cómo puede afectar la edad, el dominio del inglés y los años que los alumnos llevan estudiando este idioma para comprender con precisión el comportamiento no verbal en una clase de inglés como lengua extranjera.

El comportamiento no verbal es un complemento indispensable para el lenguaje verbal. En las clases, especialmente en las de idiomas extranjeros los profesores utilizan gestos para compensar la falta de comprensión lingüística de los alumnos, pero se ha demostrado que no siempre favorecen la asimilación de lo que el profesor está diciendo. Por ello, este estudio pretende analizar diferentes variables que pueden influir en la comprensión de los alumnos del comportamiento no verbal de sus profesores.

Para realizar el estudio se contó con una muestra de 112 estudiantes japoneses residentes en ese país. La competencia lingüística se midió utilizando el Marco Común Europeo de Referencia, que establece seis niveles. Se hicieron cuatro grupos, por un lado, 32 niños de sexto grado de ocho escuelas públicas que tenían nivel A1, y que ya tenían un año de estudio del inglés dentro de sus horas lectivas. El segundo grupo estaba formado por 18 niños provenientes de escuelas de inversión en lengua inglesa, en este grupo el nivel iba desde el A1 al B1. Por otro lado, había dos grupos de adultos, el primero de ellos eran 30 estudiantes universitarios con bajo nivel de inglés (A1 – A2). El segundo grupo estaba formado por 32 estudiantes universitarios expertos en comunicación internacional que contaban con alto nivel de inglés (B2 – C1).

Para llevar a cabo el estudio se utilizaron videoclips que fueron grabados en cuatro clases diferentes de escuelas primarias japonesas que tuvieran profesores que fueran nativos ingleses. De estos videos se extrajeron 12 videoclips de cada clase, tres de ellos se veía al profesor haciendo gestos mientras preguntaba algo a la clase, en otros tres el profesor no gesticulaba mientras preguntaba. De los seis restantes, tres se veía al profesor gesticular mientras no hacía ninguna pregunta y los otros tres el profesor no gesticulaba mientras no hacía una pregunta. Los videoclips duraban entre cinco y ocho segundos.

El procedimiento del estudio fue una reunión de entre 30 minutos a una hora en las oficinas del entrevistador. Las entrevistas eran individuales y en japonés. Primero rellenaban un cuestionario personal, después practicaban con tres ejemplos, a continuación, veían un videoclip dos veces seguidas sin sonido. Después de visualizarlo tenían que responder si el profesor había hecho una pregunta o no y tenían que dar una explicación de como habían llegado a esa conclusión. El proceso se repetía para los 48 videoclips grabados.

En relación a qué factores predicen la precisión de los juicios de los alumnos se puede decir que tanto los grupos de niños como los de adultos fueron capaces de hacer predicciones por encima de los niveles propios del azar. Los adultos obtuvieron mayores puntuaciones que los niños, siendo por tanto los juicios de los adultos más precisos que los de los niños respecto a los gestos de los profesores, pero esto no pasaba cuando el profesor no hacía gestos. Aunque la diferencia es muy pequeña y no es estadísticamente significativa, deja la edad como un factor débil. El único factor que contribuyó de una manera significativa fue los años de experiencia en el aprendizaje del idioma, aunque hay que tener en cuenta que este factor parece no tener relevancia hasta llevar seis años de estudio.

En lo que respecta a qué comportamientos no verbales les ayudaron a llegar a sus conclusiones se descubrió que cuantos más comentarios realizaron sobre el comportamiento no verbal para los juicios correctos más precisos fueron los mismos y en los casos en los que el juicio era erróneo cuantos más comentarios menos precisos fueron los juicios. Los años de experiencia en el aprendizaje del idioma era clave, ya que aquellos con más experiencia realizaban más comentarios sobre el comportamiento no verbal, especialmente para los juicios correctos.

Todos los comportamientos no verbales observados en el profesor eran adaptadores, deícticos y miradas. Puede ser que el mayor uso de adaptadores se deba a que los profesores usaban muchas cajas y tarjetas debido al hecho de que estaban en clases elementales con niños pequeños. Las miradas estaban presentes en mayor medida cuando el profesor no realizaba ninguna otra clase de gestos, siendo uno de los comportamientos no verbales que más apareció. De los juicios emitidos se extrajeron dos suposiciones de cómo llegaban a las conclusiones: la primera de ellas es que mirar a un estudiante era un signo de que el profesor iba a realizar una pregunta. El segundo elemento que utilizaban era la cronémica.

En resumen, a pesar de que todos juzgaron si era o no una pregunta por encima de los niveles de azar, hay que destacar que los adultos alcanzaron niveles más precisos en sus juicios. Esto es destacable especialmente porque el estímulo presentado era una clase de niños, lo cual a priori parecería más beneficioso para el grupo de niños. Tampoco se puede afirmar que más mayor será mejor ya que entran en juego otras variables como la propia habilidad o los años de aprendizaje que llevaban de esa lengua. Especialmente esta última variable parece que es la más influyente a la hora de realizar juicios correctos, ya que parece ser que la capacidad para interpretar el comportamiento no verbal propio de cada cultura se va a aprendiendo a la vez que el idioma. A esta afirmación hay que sumar el contexto, en este caso tenían experiencia previa en recibir clases de inglés como lengua extranjera, si hubiera sido otro contexto, como estudiar en el extranjero, hubiera tenido que reprogramar su protocolo de decodificación de gestos.

Como implicaciones para mejorar en clase hay que tener en cuenta el papel preponderante que ha jugado la mirada dentro del comportamiento no verbal, el que el profesor mire al alumno ayuda en el aprendizaje de una nueva lengua ya que crea una mayor intimidad entre ambos y favorece una retroalimentación positiva. También debería centrarse en alargar el tiempo de espera a las preguntas, especialmente cuando los alumnos tienen una competencia lingüística más baja. Además, se recomienda enseñar los gestos típicos de la propia cultura o realizar siempre el mismo gesto a la hora de hacer una pregunta.

Marcadores no verbales de la mentira en entrevistas colectivas de niños con sus amigos. Club de Lenguaje No Verbal.

Amigos del Club de Lenguaje No Verbal esta semana presentamos el artículo “Nonverbal Markers of lying during children’s collective interviewing with friends” de Șen y Küntay. En este artículo se habla los indicadores de mentira en los niños cuando se les entrevistaba por parejas sobre una acción que acababa de ocurrir.

Al realizar una entrevista sobre una secuencia de eventos reales provocados, durante los cuales la transgresión de la norma era potencialmente probable, las mentiras son probablemente más representativas que las que se dan en un contexto menos controlado, ya que no solo se miente por comisión sino también por omisión.

El presente estudio utilizó a 90 parejas de niños del mismo sexo, 47 parejas eran hombres y 43 parejas eran mujeres. Eran alumnos de escuelas preescolares locales y algunos otros reclutados por redes sociales. La edad de los niños oscilaba entre los 48 y los 83 meses. La diferencia media de edad entre los componentes de las parejas era de 5,69 meses.

Para el estudio se utilizó una versión modificada del paradigma de la resistencia a la tentación de Kochansja y Aksan. El investigador 1 llevaba a los niños a una sala donde había tres mesas, en la mesa más alejada se colocaron los juguetes más llamativos. En la pared opuesta había otra mesa con materiales diversos, como un conejo de peluche, un cuaderno y ceras de colores, libros para colorear y rompecabezas. En la mesa del centro había dos sillas para que las usaran los niños. A través de un espejo unidireccional el investigador 2 grababa todas las interacciones.

Cuando entraban en la sala el investigador les sentaba en las sillas y les explicaba las normas de la sala. Les decía que iban a jugar, pero que no podían tocar ni la mesa del fondo ni los juguetes que están encima y alrededor de ella. Por el contrario, podían jugar y tocar todo lo que quisieran de la mesa opuesta. El investigador les hacía repetir las normas a los niños para comprobar que las habían entendido, volviéndoselas a decir si había alguna duda. Después se procedió a una sesión de evaluación individual sobre los correlatos sociocognitivos de la conducta de la mentira con cada niño. A continuación, se les volvía a llevar a la sala, donde les volvían a hacer repetir las normas. Entonces el investigador les decía que tenía que irse a preparar materiales para el siguiente juego a otra sala y les pidió a los niños que clasificaran unos cubiertos de plástico mientras no estaba. Después se iba de la sala y dejaba a los dos niños solos.

Se dividió el experimento en cuatro fases, en la primera de ellas, los niños estaban solos un minuto. En la segunda, después de ese tiempo, entraba otro investigador y se ponía a jugar con los juguetes prohibidos a la vista de los niños y no contestaba a ningún intento de comunicación por parte de los niños. En la fase tres, los niños estaban solos seis minutos. La última fase consistía en una entrevista simultanea a ambos niños. El investigador se sentó en una posición enfrentada a los niños de manera equidistante de ambos y mientras realizaba las preguntas, no mantenía contacto visual con ningún de ellos para que fueran ellos los que iniciasen la conversación como prefiriesen.

Las preguntas fueron las mismas y en el mismo orden para todas las parejas. ¿Qué hicisteis juntos cuando no estuve aquí? Cuando no estaba aquí, ¿tocasteis estos juguetes? ¿Estuvisteis alrededor de su mesa todo el tiempo? Parece que la disposición de los juguetes (prohibidos) ha cambiado, ¿no es así? Si los niños no contestaban se les repetía la pregunta. Al acabar la ronda de preguntas se les permitió jugar con los juguetes prohibidos unos minutos.

Se clasificó a los niños como sinceros o mentirosos según su estado de transgresión de la regla/ obediencia y relación con la verdad o mentira durante la entrevista. Los mentirosos fueron consistentes al responder durante la entrevista; es decir, los niños que mentían mantuvieron sus mentiras y no revelaron ninguna información sobre la violación de las reglas durante la entrevista.

Se excluyeron 28 niños de la clasificación, por no responder ninguna pregunta, por haber confesado o por ser un chivato. La muestra final fue de 152 niños en 79 parejas. Ciento veinticuatro niños fueron sinceros, no tocaron los juguetes y dijeron la verdad en la entrevista. Los mentirosos (28 niños) estaban divididos en dos grupos: el primero de ellos, eran niños que tocaron los juguetes prohibidos y ocultaron la situación mintiendo (18), el segundo grupo fueron los niños que no tocaron los juguetes pero que mintieron para ocultar que su amigo los había tocado.

La conducta no verbal que se analizó fue: la transición del habla, la tasa de expresión y la mirada al amigo, así como, la latencia en la respuesta a las preguntas, la presencia de superposición durante la respuesta, la dirección de la mirada o los gestos realizados mientras respondían. La transición del habla es el tiempo que tarda el niño en realizar cualquier expresión que proporciona una elaboración, corrección o acuerdo inmediatamente a continuación del turno del amigo. La media de las transiciones fue de 21. La tasa de expresión se calculó al dividir el número total de enunciados del niño durante la fase de la entrevista con la duración total de la entrevista. La media fue de 6,34.  La mirada al amigo se produce cuando el niño mira explícitamente a la cara o a los ojos del amigo. La media fue de 1,29. La latencia de respuesta era cuánto tiempo pasaba desde que acaba un turno hasta que comenzaba el siguiente. La media estuvo entre 0,63 a 1,93 segundos. La latencia fue mayor en los mentirosos que en los sinceros, estos tardaban de media dos veces más en comenzar la respuesta ya que necesitaban crear un evento que no había existido. Las superposiciones se producían cuando el niño interrumpía a su compañero mientras hablaba se dieron en el 81% de los casos, hubo una tendencia mayor a superponerse en los sinceros (85%) que en los mentirosos (64%), aunque no es una diferencia estadísticamente significativa. La dirección de la mirada se codificó entre mirar al amigo, al investigador o a lo lejos, siendo lo más común una combinación de ellas. Los niños que decían la verdad miraron poco a sus amigos, solo en un 2% de los casos. Aquellos niños que mentían los miraron en un 22% de las veces.  Por último, en un 62,3% de los casos los niños realizaron gestos frente a un 37,7% donde no realizaron ningún tipo de gestos. Los niños sinceros hicieron más gestos después de la pregunta objetivo que aquellos que mentían.

No hay asociación entre el sexo de los niños y la respuesta. Tampoco hubo diferencias entre los mentirosos y sinceros y la duración de la amistad. Cuando los niños mienten por omisión, es decir, no revelan la transgresión, hablaron sobre otros eventos reales de manera similar a como lo hicieron los niños sinceros, ya que mencionan otros eventos verdaderos al tiempo que omite la violación de la regla impuesta.

En resumen, es posible ocultar información crítica mientras se habla de otros eventos reales. En esta situación, el comportamiento no verbal de los niños que dicen la verdad y los que mienten será bastante similar durante toda la entrevista, solamente surgirán diferencias después de la pregunta objeto. Esto es especialmente destacable en lo relativo a la latencia de respuesta mayor en los mentirosos, en un mayor número de miradas al compañero y un menor número de gestos.

Efectos de los gestos icónicos típicos y atípicos en la comprensión narrativa. Club de Lenguaje No Verbal.

Amigos del Club de Lenguaje No Verbal esta semana presentamos el artículo “Not all gestures are created equal: the effects of typical and atypical iconic gestures on narrative comprehension” de Dargue y Sweller. En este artículo hablan de como los diferentes gestos icónicos inciden en la comprensión narrativa y por ende en el proceso de aprendizaje.

Como ya sabemos la comunicación no verbal, incluyendo los gestos, es de vital importancia para la comprensión del mensaje que queremos transmitir, ya que son un apoyo a lo que estamos diciendo. Los gestos nos sirven para llamar la atención sobre algo, o pueden ayudar a representar una situación, un objeto o una acción. A través de la acentuación de un mensaje hablado, los gestos pueden beneficiar el aprendizaje del observador. Si bien los beneficios del gesto son evidentes para la comprensión del habla y la resolución de problemas, poca investigación se refiere a ellos en el contexto de la comprensión narrativa.

La comprensión narrativa es la habilidad para interpretar y dar sentido a las historias, siendo una, si no la más importante, de las herramientas cognitivas para el desarrollo humano. Se utiliza la narrativa para producir el significado de acciones y eventos, indicando el impacto crucial de la comprensión narrativa en la comunicación. En niños es importante ya que les permite expresar sus necesidades y sentimientos además de comprender los de los demás; pero, en adultos también es importante, por ejemplo, para entender los conceptos relacionados con la moral y la ética en la práctica de actividades profesionales tales como la medicina, el derecho o la educación. Darse cuenta de los beneficios de los gestos en la comprensión narrativa repercutirá en mejoras en el proceso de aprendizaje.

Se teoriza que el habla y el gesto se combinan para formar un único sistema de comunicación verbal- gestual subyacente, por el cual la información que se presenta mediante el habla y el gesto se procesa de manera simultánea para formar una sola representación. A través de imágenes de resonancia magnética funcional se comprobó que el habla y el gesto actúan en áreas superpuestas del cerebro. En otros estudios se concluyó que si el gesto y el habla no concuerdan se procesan de manera más lenta que si son congruentes entre sí.

Investigaciones previas han descubierto que se decodifican gestos y discursos simultáneamente cuando se puede ver la narrativa, sugiriendo que el gesto junto con el habla influye en la compresión narrativa. Estudiantes universitarios recordaron más eventos de una historia si el hablante hizo un gesto congruente con la historia que si únicamente se narraba. Por tanto, se espera que la observación de los gestos beneficie la comprensión narrativa. Sin embargo, no todos los gestos son iguales y habrá que ver que tipos de gestos son más importantes.

Los gestos se pueden clasificar en deícticos, metafóricos, rítmicos, o icónicos, nos centraremos en estos últimos. Estos gestos muestran un significado concreto, típicamente un objeto o una acción que está relacionada con el habla, siendo importantes para la evolución del lenguaje. Investigaciones anteriores sobre la efectividad de los gestos icónicos no han encontrado resultados concluyentes.

Los gestos se producen en diferente medida al transmitir un mensaje, por tanto, algunos gestos icónicos se producirán de manera más frecuente con unas palabras o expresiones determinadas. Es posible que esto se deba a factores motores, semejanzas, o simplemente que su uso es más común. Es probable que los gestos que se producen con frecuencia (gestos típicos) puedan beneficiar el aprendizaje en mayor medida que los gestos que se producen con menor frecuencia (gestos atípicos).

Una de las razones por las que los gestos típicos puede ser más beneficios para la comprensión narrativa es porque ayudan a centrar la atención en el contenido del discurso al que acompañan. Al llamar la atención sobre determinados elementos del mensaje oral, el observar los gestos es un apoyo y amplia la información presentada verbalmente, lo que la hace más comprensible.

Para comprobar esto se realizaron dos estudios. El estudio uno se examinó los diferentes gestos icónicos que niños y adultos producían al contar una narrativa que habían visto. A algunos de los participantes se les dieron instrucciones sobre que hicieran gestos mientras recontaban la historia mientras que a otros no les dijo nada de los gestos. Se identificaron diferentes gestos para su uso posterior en la tarea de la comprensión narrativa. Participaron 31 adultos y 37 niños. Los niños eran alumnos de preescolar, de entre tres años y dos meses y cinco años y siete meses, siendo 16 mujeres y 21 hombres. Mientras que los adultos eran 16 mujeres y 16 hombres de entre 18 años y un mes y 52 años y tres meses. Se dividieron aleatoriamente en los dos grupos, quedando de 18 adultos y 21 niños en el grupo que no recibió instrucciones y 14 adultos y 16 niños en el que recibieron instrucciones sobre los gestos. El material que visionaron todos los participantes fue un video de dibujos animados del Pato Donald intentando llenar una regadera para regar sus sandías. Después tenían dos minutos para completar una actividad de unir los puntos. A continuación, se les realizaban una serie de preguntas sobre el video que habían visualizado.  Este estudio sirvió para seleccionar los gestos icónicos típicos. De los gestos icónicos que realizaron se seleccionaron diez para usarlos en el estudio 2.

En el estudio 2 se quería descubrir si los gestos más producidos ayudaban más al aprendizaje que aquellos que eran rara vez producidos. El otro objetivo del estudio 2 era comprobar si los gestos ayudaban a los adultos a comprender mejor la narrativa cuando era difícil. Los participantes de este estudio vieron un video de alguien narrando la historia del Pato Donald que se había visionado en el estudio 1. Según las condiciones del experimento el narrador realizaba gestos típicos, gestos atípicos o no hacía ningún gesto en determinados momentos de la historia. La hipótesis era que los que mejor recordarían serían aquellos que habían visto la narración con los gestos típicos, seguidos de los que tenían gestos atípicos y los que peor recordaran serían los que no tenían gestos. Se esperaba que los gestos ayudaran a la comprensión narrativa cuando el discurso contuviese palabras de uso poco común que cuando tenían palabras de uso más frecuente. Para este estudio se utilizaron 130 estudiantes universitarios (101 mujeres y 29 hombres) con edades comprendidas entre los 17 años y 8 meses y los 52 años y 5 meses. La grabación de la narración que se mostraba era de una mujer adulta desconocida para los participantes. Igual que en el estudio 1 se realizó una tarea de unir puntos y después se pasó a realizarles una serie de preguntas sobre lo que recordaban de la narración.

Se concluyó que los participantes que habían observado gestos icónicos típicos recordaron mejor que aquellos que habían observado gestos atípicos o los que no habían observado ningún gesto. Esto no solo demuestra que los gestos típicos benefician la comprensión narrativa en mayor medida que los atípicos, sino que también prueban que hay subtipos de gestos y cada uno tiene un impacto diferente en el proceso de aprendizaje. Esta diferencia puede ser consecuencia de que los gestos típicos tiene menor carga cognitiva que los gestos atípicos.

Las emociones positivas y la empatía como promotores de conductas prosociales e inhibidores de conductas agresivas.

Estimados suscriptores y seguidores del Club del Lenguaje No Verbal, en esta ocasión les presentamos un resumen del artículo “Positive emotions and empathy as promotors of prosocial behavior and inhibitors of aggresive behavior” de los autores Richaud y Mesurado, que analizan si  la empatía y las emociones positivas son capaces de inhibir conductas agresivas y potenciar conductas prosociales.

Las emociones positivas son conceptualizadas como experiencias de satisfacción o placer, siendo las más frecuentes la alegría, la satisfacción, la serenidad y la simpatía. Las funciones de las emociones positivas vendrían a complementar las de las emociones negativas, y ambas serían igualmente importantes en un contexto evolutivo. Si las emociones negativas solucionan problemas de supervivencia inmediata, las emociones positivas solucionan cuestiones relativas al desarrollo y crecimiento personal y a la conexión social. En este sentido las emociones positivas permiten desarrollar las habilidades sociales adecuadas para generar vínculos entre personas y el aprendizaje de conductas de ayuda. Al mismo tiempo, varios estudios han mostrado una alta correlación entre los afectos negativos y el neuroticismo, cuyas características principales son la inestabilidad emocional y la agresividad.

Existe mucha evidencia acerca de la relación entre la empatía y la conducta prosocial pero la mayoría de estos estudios han analizado la relación entre la empatía y la conducta prosocial en conexión con situaciones de necesidad y o emociones negativas del objetivo, y se ha dado muy poca atención a la empatía positiva y en especial a la relación entre la empatía positiva y la conducta prosocial. Las personas tienden a ayudar a aquellos a quienes perciben como alegres y felices, por lo que la experiencia de empatía positiva puede determinar conductas prosociales. Las conductas prosociales son las acciones que se realizan voluntariamente para aumentar el bienestar de otro. Actuando autónomamente la prosocialidad no sólo contribuye al bienestar del que recibe la acción y mejora las relaciones interpersonales, sino que además genera afecto positivo y bienestar en la persona que realiza tales conductas, por lo tanto, las personas estarían intrínsecamente motivadas a mostrar conducta prosocial cuando experimentan afecto positivo, porque actuar en forma prosocial sería un medio para mantener ese estado afectivo placentero.

Dado que existe abundante evidencia acerca de los predictores psicosociales de la prosocialidad, empatía, emociones positivas y autoeficacia social, a la vez que protectores frente a la agresividad, el objetivo del presente estudio es analizar qué proporción de variancia de la prosocialidad y de la agresividad predice cada uno de los factores antes mencionados. Asimismo, como existen abundantes investigaciones que muestran que existen diferencias significativas en las conductas prosociales y la agresividad en función del sexo, los análisis se realizaron por separados en niños y niñas.

En el estudio participaron 221 niños de ambos sexos entre 10 y 13 años de clase social media, y se utilizaron los siguientes instrumentos de evaluación: Cuestionario de emociones positivos (mide la dimensión de alegría y gratitud, serenidad, simpatía y satisfacción personal), el cuestionario “the interpersonal reactivity index” (IRI) para evaluar la disposición empática a través de factores cognitivos y emocionales; la escala multidimensional de autoeficacia social que permite evaluar la autoeficacia a través de las dimensiones académicas, deportivas y sociales; la escala de agresividad física y social que describen la conducta del niño tendiente a herir a otros física y verbalmente; y el cuestionario de conducta prosocial que evalúa conductas como el grado de ayuda, capacidad de compartir, bondad y cooperación.

Tras emplear todos estos instrumentos en los participantes, se obtuvieron los siguientes resultados: Los resultados de las correlaciones indicaron que tanto en los niños como en las niñas la conducta prosocial se relacionó con la empatía, en especial con la toma de perspectiva, pero en mayor grado con las emociones positivas, en especial con la alegría y la satisfacción personal. Analizando la relación entre la empatía y las emociones positivas, se encontró que tanto la toma de perspectiva como la preocupación empática se encuentran altamente relacionadas con las emociones positivas, en especial con la alegría y gratitud y con la satisfacción personal, tanto en los varones como en las mujeres y con la serenidad en las niñas. Estos hallazgos estarían en línea con la idea acerca de la importancia de las emociones positivas en el desarrollo de la prosocialidad. Sin embargo, en el presente estudio, la empatía negativa aparece altamente relacionada con las emociones positivas. Por lo tanto, podríamos pensar que las personas estarían intrínsecamente motivadas a mostrar conducta prosocial cuando experimentan afecto positivo, pero también podríamos considerar que la empatía negativa también genera ese afecto placentero y esto especialmente si observamos, como queda dicho, que la mayor relación entre la empatía negativa (tanto en toma de perspectiva como en preocupación empática) se da con alegría y gratitud, tanto en los niños como en las niñas (por tanto entendemos que tanto la empatía negativa como la positiva generan conductas prosociales). Los autores hipotetizan que probablemente lo que realmente actúa determinando la conducta prosocial es el afecto positivo generado por la capacidad para resonar dentro nuestro con el afecto del otro, ya sea positivo o negativo, que lleva a actuar en pro del otro.

Con respecto a la autoeficacia social estuvo asociada a la conducta prosocial, la satisfacción personal y la preocupación empática sólo en las niñas. Probablemente la educación característica de las niñas, que acentúa su sensibilidad emocional a las necesidades de los demás y su capacidad para las relaciones interpersonales, determina en ellas creencias más firmes de autoeficacia social, que son importantes para el desarrollo de su prosocialidad. A la vez esta última estaría en los varones más apoyada en la empatía, en especial en la preocupación empática y en el afecto positivo que ella implicaría.

En relación a los análisis de regresión jerárquica realizados en este estudio pudo observarse que tanto la empatía como las emociones positivas se encuentran involucradas en la predicción de la conducta prosocial, tanto en los niños como en las niñas. Sin embargo, parece claro que en el caso de los niños la empatía tiene una mayor fuerza predictiva que las emociones positivas (la empatía explica el 29 % de la varianza mientras que las emociones positivas explican el 13 %), a diferencia de las niñas donde ambas variables parecen compartir similar potencia (la empatía explica el 21 % de la varianza mientras que las emociones positivas explican el 18 %). Se entiende por tanto que en varones la prosocialidad estaría más asociada al afecto positivo provocado por la resonancia afectiva con el otro, que las emociones positivas experimentadas aisladamente. En las niñas, en cambio, ambas formas de afecto positivo tendrían la misma importancia, nuevamente porque en las mujeres las emociones serían más valoradas que en los varones y por lo tanto parecerían tener una mayor fuerza motivante en el desarrollo de conductas prosociales. Estudios previos que han analizado la intencionalidad de las conductas prosociales han encontrado que las mujeres presentan mayores niveles de conductas prosociales emocionales, es decir aquellas conductas prosociales que implican ayudar a otros cuando están pasando por circunstancias emocionales difíciles- que los varones.

Cuando analizamos el poder predictivo de la empatía, las emociones positivas y la autoeficacia social en la inhibición de las conductas agresivas, encontramos que el modelo no resultó significativo en la explicación de la conducta agresiva en los niños, y sí en el caso de las niñas. Los resultados indicaron que tanto la empatía como las emociones positivas inhiben la conducta agresiva en las niñas. Quizás, dado que en los varones generalmente predomina la agresión física, mucho más impulsiva que la verbal, no daría lugar a empatizar con el otro y menos aún a experimentar una emoción positiva que pudiera llegar a atenuar o modular la conducta agresiva. Este resultado vuelve a resaltar la importancia que tienen las emociones en las niñas, a la hora de contribuir al desarrollo de conductas funcionales, así como de inhibir conductas disruptivas.

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